Los «padres tóxicos», a examen en la nueva película de Almodóvar

Protagonista de Julieta, la película de Almodóvar

La psicóloga estadounidense Susan Forward define como «padres tóxicos» a aquellos progenitores que de un modo u otro maltratan a sus hijos, desde un punto de vista emocional e incluso, en ocasiones, físico. Estos padres ejercen formas de violencia, se muestran en ocasiones muy rígidos con las normas o, por el contrario, son padres permisivos, sumisos o sobreprotectores que por esa falta de límites se convierten en destructivos al hacer sentir a sus hijos que no hay nada que los frene o no puedan tomar decisiones por sí solos, causando una lamentable dependencia que los llena de miedos en el futuro.

Los padres tóxicos también son quienes evaden los conflictos que por naturaleza se generan en cualquier familia, a través del terrible silencio o la lacerante indiferencia. Aunque nos parezca increíble a muchos, los padres así existen. Es más, según investigadores de la Universidad de Barcelona, se estima que el 10% de los niños son víctimas de malos tratos. Es en este horizonte donde se sitúa la última película de Pedro Almodóvar, Julieta, que se estrenará el próximo 8 de abril y que está protagonizada por Adriana Ugarte (Madrid, 1985). Un film que habla del destino inevitable, del complejo de culpa y de ese misterio insondable que nos hace abandonar a las personas que amamos, borrándolas de nuestra vida como si nunca hubieran significado nada. De todo ese dolor que provoca el abandono de un ser querido.

El pasado domingo, el Diario de Noticias en su Suplemento El Magazine Digital publicó una extraordinaria entrevista a Adriana Ugarte, realizada por Juan Luis Álvarez, en la que la actriz comentaba estos puntos interesantes y cómo los aborda la película número 20 del genio manchego.

Y es que los datos sobre el maltrato infantil asustan. La revista científica ‘Lancet’ publicaba hace algunos años los siguientes: entre el 4% y el 16% de los menores en Occidente son víctimas de maltrato físico y en torno al 12% de lo que llaman negligencia psicológica. Además, entre un 5% y un 10% de niñas y un 5% de los niños son víctimas de abusos sexuales de distinto tipo. En números redondos, si se da por bueno este trabajo de Lancet, publicado en 2009, como mínimo uno de cada 20 niños -podría ser el doble, uno de cada 10- sufre agresiones físicas y sexuales y lo mismo ocurre con una de cada 10 niñas. Lo cual es terrible.

Así, los padres tóxicos pueden ejercer cuatro tipos de maltratos:

  • Maltrato verbal: padres que constantemente les dicen “tontos”, “gordos”, “ineptos”, “no sirves para nada” y otras palabras más que ejercen un poder tremendo en los hijos. Los árabes dicen que solo falta repetir algo cien veces para convertirlo en real.
  • Maltrato físico: obviamente los golpes nunca están justificados en la formación de un hijo, ya que generalmente ellos crecen con resentimiento y dolor que tienden a manifestarlo con la misma agresividad en la edad adulta.
  • Maltrato emocional: les hacen sentir su poca valía al ignorarlos o al no permitirles expresar sus emociones.
  • Maltrato sexual: el que abusa de esta terrible manera, está ejerciendo todos los maltratos anteriormente mencionados.

Según José Luis “Dado” Canales, autor del libro Padres tóxicos (Ed. Urano), ofrece cuatro reglas para no convertirte en un padre tóxico. Son estas:

  • Primera regla: el conflicto es parte de nuestra vida. Es una diferencia de opinión y es un derecho de los padres e hijos expresar cómo se sienten y llegar a acuerdos.
  • Segunda regla: los límites nunca se ponen en el fondo, se ponen en la forma. El hecho de que estemos enojados no me da derecho a pegarle, humillarlo o insultarlo. Tomar en cuenta que la dignidad es más importante que el enojo y este enojo nunca debe de ser más grande que el amor.
  • Tercera regla: entender que nuestros hijos son individuos con derecho a diferir de ti. Los padres no tenemos la verdad absoluta y los hijos tienen derecho a decidir conforme van creciendo el rumbo de su vida.
  • Cuarta regla: ser una persona sana es cometer errores y si como padre cometo uno, es conveniente reconocerlo y ofrecer una disculpa en caso necesario. Una disculpa no nos hace más débiles; al contrario, nos hace más fuertes y honestos y, por lo tanto, los hijos aprenden a reconocer errores y a ofrecer disculpas cuando lo requieran.

Los expertos y la experiencia afirma que no existen los padres perfectos. Todos nos desesperamos en algún momento determinado y es natural que de repente levantemos la voz o perdamos la paciencia con nuestros hijos, pero en las familias funcionales esto no se convierte en un hábito. En una familia sana los mensajes verbales y no verbales son congruentes, existen límites claros y se promueve la individualidad y el respeto a sus miembros. Se expresa el afecto constantemente y se ventilan los conflictos para su solución. En otras palabras, al entrar a un hogar con una familia funcional se percibe la armonía y la tolerancia.

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